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miércoles, 18 de septiembre de 2019
Los repositores del Coto
Veo a los
repositores del Coto llenar los huecos vacíos de las góndolas con una soltura
envidiable. Dónde antes había vacío, ahora hay algo, dónde antes había algo
viejo, ahora hay algo nuevo. Un yogurcito solitario en oferta, es desplazado como si nada (es increíble, como
si nada) hacia un costado y ahora un pack de un yogur nuevo con una etiqueta
más colorida ocupa su lugar. Y nadie hace nada, nadie llora, nadie grita, nadie
empatiza con el abandono de lo inerte. Veo a los repositores del Coto y pienso
en que muchas personas hacen lo mismo con nosotros: llenan el hueco que dejamos
con una mecanicidad robótica, como si estuvieran programados para llenar
huecos. Llenar huecos. Lo único que saben hacer es llenar huecos. Estrategas innatos, van moviendo a la gente
por el tablero de su libido, como si fuera un juego de mesa y ocupamos en su
vida el lugar que les convenga en ese momento de su jugada. Cómo hacen, me pregunto cómo hacen para
manejar ese nivel de despotismo emocional, el de los repositores del Coto. Una
botella acá, otro frasco allá, uy un paquete de azúcar roto, lo tiramos a la
mierda con estas bandejas de carne podrida, uy una leche vencida, le borramos
la fecha y acá no pasó nada. Así nos tratan, estos sinvergüenzas, como si fuéramos
productos para guardar en la alacena, alimentos perecederos que tienen los días
contados. En el laberinto que es el ser humano, saben qué camino tomar para no toparse con
nuestra alma, y si por un error de
cálculo se topan con ella (su frialdad no es infalible) simplemente la evaden y
luego nos pegan un cartel en la frente que dice: “FE DE ERRATAS: el valor
asignado a este artículo no corresponde al publicado en las historias de Instagram”.
Cómo hacen, me pregunto cómo hacen para convivir con tanta frialdad adentro y
no morir de hipotermia, cómo hacen para ser tan desapegados ¿son budistas? ¿o simplemente
son unos forros? ¿cómo hacen? Realmente quisiera saber, tomaría un curso si es necesario,
un curso de repositora de gentes. Ojalá
yo pudiera ser así. Yo que todavía espero algo. De alguien. Ni sé de quién. Del
ser humano. Supongo. Yo que todavía espero que me quieran. Y me siento una
boluda atómica diciendo esto. Me siento una boluda por esperar que me quieran.
Nadie debería sentirse una boluda por eso. Pero esto es lo que lograron los
repositores, no los del Coto, sino los de personas. Nos vamos convirtiendo en
productos, en packagings, en etiquetas, en fotos de perfil, en selfies con cara
de perro sacando la lengua. La era del holograma. Nadie quiere ver más alla,
qué puede haber mejor que esa luz incandescente. Tengo frío y ganas de llorar. Por el parlante
anuncian que el supermercado cierra en diez minutos. Habré pasado una media hora
frente a las góndolas de congelados.
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