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domingo, 11 de agosto de 2019

este invierno fue devastador


este invierno fue devastador
fue como una pausa
pero sólo para mi
siempre desfasada del resto
estoy cada vez más cerca
de explicar mi soledad

quisiera mudarme a un lugar
en donde haga calor todo el año:
Tailandia
Finlandia
Madagascar
Tahití
Tu cama

madre suda fluoxetina

a algunxs la madre
les paga el departamento
el auto
la ropita de marca
a algunxs la madre
les hace de comer algo rico
el domingo a la tarde
a algunxs la madre
les da un abrazo
y dice que todo va a estar bien
para algunxs la madre
es un ejemplo de vida
una estampita en el altar
se dice que algunxs artistas
agradecen a la madre
cuando son consagradxs por sus obras
se dice que algunxs
agradecen a la madre
haberles dado la vida
a mi la madre
nunca pudo sostenerme
mi sostén emocional es tácito
construí mi personalidad
como una casa sin cimientos
así que nadie se espante
y se desentienda
cuando me derrumbe
y sea escombros
así que no me juzguen
si debo más
que lo que tengo para dar

a mi la madre
me duele

sola, borracha, vestida de rojo.

Mis amigos se fueron , me quedé sola en una fiesta  cosmopolita en un hostel de San Telmo, donde no podías dar dos pasos sin que te conviden algo. Me senté sola en un banquito del patio pretendiendo que baje un poco el alcohol respirando un aire no tan cargado de humo. Esperaba a alguien que llegaría en media hora,  alguien a quien no tenía tantas ganas de ver, pero estaba borracha. Y sola. El sexo como forma primaria de evasión.
  Siempre me inhibió mirar fijo a los ojos de un desconocido, menoscabo tanto semejante acto de entrega. Pero apenas te vi surgir en el umbral de esa puerta con un vaso de cerveza en la mano necesité hacerte saber de alguna manera que mi vagina se estaba mojando. Nos miramos con una intensidad inusitada que debió advertirme a rugidos que salga corriendo de ese lugar. Pero ya era muy tarde, estaba embelesada por tu camisa y tu esbeltez.  Parecías salido de un videoclip de los 80 y no pude contra eso. Tu aire desenfadado y lento tan disonante con la noche, me recorrió las mejillas tiñéndolas de un rosa oscuro. Te sentaste al lado mío aprovechando que estaba sola, borracha y vestida de rojo y creamos una conversación de la que sólo recuerdo fragmentos. Pero si me acuerdo nítidamente de la forma en que tus labios se movían diseñando imágenes acústicas. Entendí que venías de lejos a Buenos Aires a hacer música. Entendí que venías de lejos. Entendí que venías escapando. Tu belleza no era en vano. Tu belleza era tormentosa y ya te estaba sufriendo a los dos minutos de conversación. Pero estoy esperando a un amigo.  Lo dije tratando de hacerte entender con algún gesto incierto que mi noche ya estaba escrita. Intercambiamos números, porque los dos entendimos. Me parece que no viene tu amigo. Sí, está viniendo, puedo ver su cara desplazándose por un mapa en mi celular, mirá. Aunque moriría de ganas de encerrarme en un cuarto cualquiera con vos y simplemente contemplarte, charlar, o cojernos hasta deshidratarnos, lo que suceda primero.
Pero mi noche ya estaba escrita y cuándo me decidí a tomar la decisión correcta ya estabas desapareciendo por el mismo umbral donde te vi surgir. Hasta tu espalda me fascina, si el diablo quisiera ascender a la tierra, seguro elegiría encarnar en tu cuerpo.
La noche avanzó y las sustancias también, pero todo lo que hice en esa noche lo hice para vos. Podía sentir tu mirada clavándose en mi cola cada vez que bajaba al piso al ritmo de la música, podía sentir tu mano en mi cintura cada vez que el chongo me tocaba haciendo algún comentario sobre mi delgadez, era tu lengua la que me besaba era tu semen el que me tragaba.
La mañana me sorprendió lejos de casa y asqueada de amanecer con un cuerpo al que no hubiese dejado poseerme en estado de sobriedad. A medida que me despertaba más te recordaba y no paraba de insultarme por no haberme ido con vos.
 Esa misma noche nos vimos, otra vez. Tu habitación tenía una atmósfera tan tenue y densa a la vez, un escenario óptimo para la tragedia. Recién te mudabas pero los dos nos sentíamos tan familiarizados con los espacios vacíos.  Aguantamos sólo unos tragos de vino para devorarnos. Probablemente éste sea el mejor sexo que tenga en mi vida pensaba mientras trataba de asimilar tu multiorgasmicidad. Tu cuerpo era un lienzo perfecto para bocetar líneas eróticas. Mi cuerpo era un lienzo perfecto para tomar cocaína. Esa noche podría haber muerto de sobredosis. Pero a vos pareció no importante demasiado.  Tenías la idea del suicido más hecha carne que yo. Qué podía esperar.
Nos vimos un par de veces más. Nos seguimos drogando. Te gustaban mis poemas. Me gustaba escucharte cantar. Nos gustaba escucharnos. Nos gustábamos. Pero juntos estábamos  condenados a desaparecer.  Una ridícula idea de abrazar la vida y la existencia me hizo alejarme de vos. Pero había tanta verdad en tu soledad, en tu dolor, en tu belleza. Había tanta verdad. Y lo digo yo, que no creo en nadie.
Ya pasó casi un año, todavía no entiendo como este invierno no me mató. A veces te extraño. A veces extraño el sabor amargo bajando por mi garganta. El de tu semen y el de la merca. A veces te extraño y pienso que lo correcto hubiera sido tomar un atajo al infinito con vos.